THE COLLECTIVE FAILURE OF COMPASSION

Desde mi ventana en Soria, el cielo es el mismo que cubre Gaza. El mismo sol que acaricia su desolación ilumina las ruinas de Járkov. Las mismas estrellas que contemplo en la sierra soriana ven cómo un niño llora buscando a sus padres entre escombros. 

Mientras aquí los niños empiezan a disfrutar de los helados, en Gaza han perdido la vida más de 15.000 desde Octubre de 2023 según los datos oficiales. 

Un niño muere cada 60 minutos en Gaza. ¿Cómo es que su sufrimiento nos resbala como lluvia sobre piedra?, ¿Por qué el llanto de una madre en Gaza, Israel, Irán o Ucrania no resuena en nuestros huesos como debería?

Nuestros corazones tienen mapas extraños. Un dolor cercano nos desgarra; uno lejano, nos incomoda levemente, y en pocos segundos lo olvidamos. Los estudios muestran que el cerebro humano literalmente procesa distinto el sufrimiento ajeno según la distancia. Cuando las bombas caen a 4,000 km, nuestra ínsula cerebral –esa pequeña alarma emocional– apenas se estremece. Es como mirar el dolor a través de un vidrio empañado.

Pero no es solamente lejanía física. Construimos muros con una mezcla de autoengaños sustentados por lo que nos cuentan los medios tradicionales. «¿Qué puedo hacer yo solo?», nos decimos, mientras compramos el pan o nos tomamos un café en el bar viendo la televisión decir «conflicto lejano», «problema regional», eufemismos que convierten vidas en abstracciones.

Somos arquitectos involuntarios de nuestra propia desconexión. Medios que convierten muertes en números, gobiernos que hablan de «daños colaterales» como si fueran estadísticas del tiempo…

LOS SEÑORES DE LA MUERTE

¿Qué oscuro sortilegio permite que alguien en un despacho con aire acondicionado ordene matar niños? Ellos jamás ven sus ojos. Nunca sienten el temblor de su cuerpo al recibir una bala. No huelen la carnicería que sus órdenes causan… Ni siquiera saben lo que se siente apretar el gatillo mientras miran sus caras, porque su cobardía les hace enviar a otros a ensuciarse las manos. 

Otros que también mueren cumpliendo sus designios, y que también tienen familias esperando en casa.

Su intervención se limita a justificar sus actos, que solamente traen beneficios a ellos, haciendo creer a sus seguidores que es por el bien común.
Convertir al otro en «terrorista», «invasor», «amenaza existencial» a través de la mentira del sacrificio necesario: «Nuestra supervivencia justifica su aniquilación».

Mientras, en Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar… madres con nombres entierran hijos con nombres.

LA REBELIÓN DE LA CONSCIENCIA

¿Cómo romper el hechizo de la distancia?… No con estadísticas, sino con verdades que nos atraviesen:

  • Que el niño ucraniano que dibuja tanques con lápices rotos podría ser el tuyo.
  • Que la palestina que intenta dormir entre bombardeos es tu hermana en humanidad.
  • Que el soldado de 19 años muerto en una trinchera helada tenía tu mismo miedo a la oscuridad.

Cuando vemos las noticias, no estamos viendo «conflictos»: Estamos viendo el fracaso colectivo de nuestra compasión, de nuestra sociedad.

Cuando el resto del mundo permanece inmóvil viendo cómo este tipo de actos, que ante cualquier tribunal serían juzgados como crímenes, se diluyen entre las sombras de la geopolítica, donde las alianzas y las conveniencias económicas hacen que la vida de miles de inocentes se convierta en una simple moneda de cambio, estamos viendo el fracaso colectivo de nuestra moral, de nuestra sociedad.

La distancia más peligrosa no es la que separa continentes, sino la que separa dos corazones. ¿Reconoceremos que el dolor no tiene pasaporte? ¿Que las lágrimas no tienen bandera? En el grito de cada madre en duelo está el eco de nuestra propia humanidad frágil y preciosa.

Mientras escribo esto, un niño podría estar muriendo… Que su aliento sea nuestro recordatorio: en el mapa del alma, todos vivimos en la misma aldea. Sólo nos separa el coraje de reconocernos en el espejo del otro.
La próxima vez que sientas el sol en la piel, recuerda: Esa misma luz acaricia la mejilla ensangrentada de alguien que ya no podrá sentirla. En esta nave espacial llamada Tierra, su dolor es tu dolor. Su abandono, nuestro fracaso. Su esperanza… quizá nuestra única redención.

If you can’t see it, it’s as if it never happened

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